La forma en que hablamos a nuestros hijos se convierte en su voz interior

Voces de madres - 23 de marzo de 2017

“La forma en que hablamos a nuestros hijos se convierte en su voz interior”  Peggy O’mara

 

Achalai Pampa…como diría mi mamá.

Yo me encuentro caminando por la calle diciéndome a mi misma: Te vas a ir al infierno… no podés ser tan mala. Qué horror, mirá lo que sentís…Si te vieran…

Pero no me acuerdo que me hablen así. Capaz fue una de las voces de mi niñez que me dijo cosas así, o fue la que se me quedó “pegada” una de esas…el temor al infierno…uy que temor tenía!  Cuando tenía cerca de 5 años encontré un libro sobre Los pecados capitales, con ilustraciones…no puedo describir lo que eran los dibujos…creo que algo como Dantesco, aterrador….y ahí mamá me explicó lo que eran los pecados capitales…y me acuerdo que la Gula me impresionó porque me encantaba comer!

Y aunque ella me dijo que no mire mas el libro no podía evitar ir a mirarlo…eso que me aterraba a la vez me atraía.

No sé si tiene que ver con estas frases que me digo casi sin darme cuenta.

 

Lo que sí sé es que en cuanto me doy cuenta, trato de “cambiar el disco”, de pensar en positivo, de afirmar los valores que quiero ser, que quiero vivir, que quiero creer.

Me cuesta un montón.

 

Pero cuando vi esta frase hoy, me impresioné con la responsabilidad que tenemos con nuestros hijos. No sólo lo que hagamos y decimos, sino cómo. Y capaz hay frases que en nuestra cultura las tenemos casi automátizadas que tendríamos que desterrar… “Si alguien te ve…” “me pone triste que”…”no es lindo hacer…” porque son cosas que no ayudan a que dejen alguna conducta, sino que les estamos diciendo que la escondan casi, estamos haciéndolos sentir culpables de lo que hacen.

Y no es lo que queremos.

Queremos que ellos traten suavemente a los demás, que defiendan sus ideas y espacios, pero respetando a los otros.

Queremos que estén orgullosos de ser ellos mismos, que se sientan a gusto en sus zapatos…pero a veces con lo que les decimos recreamos todo lo contrario.

 

Un abuelo muy sabio me recomendó sentarme a la altura de mis hijos para hablarles. Y especialmente cuando hay que corregir alguna conducta, bajar y tener los ojos a la misma altura, hace que ellos nos puedan mirar, nosotros a ellos y no tengamos las ganas ni la necesidad de gritar para que nos escuchen.

Sentarse, mirarlos a los ojos, y en privado, decir lo que queremos decirles.

 

Y a veces significa creer que cuando estamos en público y no los retamos frente a todos vamos a pasar por unos padres débiles….pero sepamos en nuestro interior que no es así, sino que buscamos el lugar adecuado para esto: la intimidad. Así como no nos bajamos los pantalones en medio de la calle para hacer nuestras necesidades, tampoco debemos mostrar nuestra intimidad emocional en medio del público.  Y menos que menos poner en evidencia a nuestros hijos en público. No les enseña, los humilla.

“Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar” decía mi mamá.

Y capaz lleguemos a lo que proponía San Agustín: La paz es  la tranquilidad del orden.

Y así nos acercaremos a la tranquilidad de saber que en el futuro nuestros hijos oirán aquella voz, la voz que decía las cosas con calma, con buen tono, frente a frente y a los ojos. Con firmeza y consistencia, poniendo límites y hablando verdades. En la intimidad del vínculo, allí donde nos sentimos seguros.

¿Porque qué voz queremos que sea la que escuchen en momentos de necesidad o reflexión? ¿Un grito, una voz que desaprueba, que rechaza, o una voz calma que acepta, alienta, acompaña y anima a volver a intentarlo?

 

Lucila, mamá de Tita y Kika

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